Aquello que nos habita
Inscribir es dejar una marca.
Pintar es también una forma de inscripción. La materia se deposita, cubre, revela; una imagen aparece sobre otra y cada gesto transforma aquello que estaba antes.
La obra de Gastón Tucci parece construirse desde esa experiencia. Imágenes que se acumulan, se superponen, se ocultan y vuelven a aparecer. Como si la tela pudiera contener distintos tiempos.
Ninguna inscripción sucede sobre un espacio vacío.
Antes hubo otras imágenes, otros recorridos, otros signos.
Como en un palimpsesto, las imágenes se suceden sin que las anteriores desaparezcan por completo. Persisten como restos, como huellas, como presencias que asoman entre las capas.
En esa superposición conviven imágenes provenientes de universos diversos: algunas evocan lo sagrado y lo ritual; otras remiten a imaginarios paganos o recuperan signos del lenguaje urbano. No se ordenan ni se excluyen. Se entrelazan, se desplazan y adquieren nuevos sentidos en su encuentro.
En ese modo de construir la imagen resuena también su extensa experiencia en el tatuaje. Ambas prácticas encuentran un punto de contacto en el acto de inscribir: distintas materialidades, pero una misma conciencia del trazo y de aquello que permanece.
Algo semejante ocurre con las ciudades.
Arquitecturas, muros, signos y recorridos conforman territorios continuamente intervenidos. Transitamos esos espacios y, al mismo tiempo, algo de ellos permanece en nosotros.
El territorio deja huellas; la experiencia también.
En la obra de Gastón esos mundos vuelven a encontrarse. Cuerpos, estructuras, símbolos y grafismos conviven y se superponen. El rostro emerge también como territorio: atravesado por trazos y signos que parecen formar parte de una identidad siempre en construcción.
El gesto caligráfico ocupa allí un lugar particular. No necesariamente como palabra destinada a ser leída, sino como una forma que irrumpe en la imagen y pasa a formar parte de ella.
Un lenguaje que deja de tener la obligación de decir para recuperar la posibilidad de hacer visible.
Como un tatuaje sobre la ciudad. Como una ciudad grabada sobre la piel.
La pintura se vuelve entonces territorio: cada nueva inscripción no borra la anterior, sino que la transforma.
Como sucede con la memoria.
Nada permanece exactamente como fue. Las experiencias se superponen, los recuerdos cambian de lugar, algunas imágenes se desvanecen mientras otras regresan inesperadamente.
Recordar también es volver a escribir.
Tal vez ocurra lo mismo con las ciudades. Las recorremos, dejamos rastros en ellas; pero también sus espacios, sus imágenes y sus historias van construyendo una geografía que llevamos con nosotros.
El cuerpo tampoco permanece ajeno a ese proceso. Guarda sus propias inscripciones: las elegidas y las involuntarias, las visibles y aquellas que solo persisten en la memoria.
Cuerpo, ciudad y pintura se revelan entonces como territorios atravesados por el tiempo.
Quizás por eso estas obras parecen preguntarnos dónde termina aquello que habitamos y dónde comienza aquello que nos habita.