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curadora

Paulina Miguel

Paulina Laura Miguel nacida en 1972, Ituzaingo Provincia de Buenos aires Argentina. Profesora Nacional de Artes Visuales, Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón.

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Aquello que nos habita

Inscribir es dejar una marca.

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Pintar es también una forma de inscripción. La materia se deposita, cubre, revela; una imagen aparece sobre otra y cada gesto transforma aquello que estaba antes.

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La obra de Gastón Tucci parece construirse desde esa experiencia. Imágenes que se acumulan, se superponen, se ocultan y vuelven a aparecer. Como si la tela pudiera contener distintos tiempos.

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Ninguna inscripción sucede sobre un espacio vacío.

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Antes hubo otras imágenes, otros recorridos, otros signos.

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Como en un palimpsesto, las imágenes se suceden sin que las anteriores desaparezcan por completo. Persisten como restos, como huellas, como presencias que asoman entre las capas.

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En esa superposición conviven imágenes provenientes de universos diversos: algunas evocan lo sagrado y lo ritual; otras remiten a imaginarios paganos o recuperan signos del lenguaje urbano. No se ordenan ni se excluyen. Se entrelazan, se desplazan y adquieren nuevos sentidos en su encuentro.

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En ese modo de construir la imagen resuena también su extensa experiencia en el tatuaje. Ambas prácticas encuentran un punto de contacto en el acto de inscribir: distintas materialidades, pero una misma conciencia del trazo y de aquello que permanece.

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Algo semejante ocurre con las ciudades.

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Arquitecturas, muros, signos y recorridos conforman territorios continuamente intervenidos. Transitamos esos espacios y, al mismo tiempo, algo de ellos permanece en nosotros.

El territorio deja huellas; la experiencia también.

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En la obra de Gastón esos mundos vuelven a encontrarse. Cuerpos, estructuras, símbolos y grafismos conviven y se superponen. El rostro emerge también como territorio: atravesado por trazos y signos que parecen formar parte de una identidad siempre en construcción.

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El gesto caligráfico ocupa allí un lugar particular. No necesariamente como palabra destinada a ser leída, sino como una forma que irrumpe en la imagen y pasa a formar parte de ella.

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Un lenguaje que deja de tener la obligación de decir para recuperar la posibilidad de hacer visible.

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Como un tatuaje sobre la ciudad. Como una ciudad grabada sobre la piel.

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La pintura se vuelve entonces territorio: cada nueva inscripción no borra la anterior, sino que la transforma.

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Como sucede con la memoria.

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Nada permanece exactamente como fue. Las experiencias se superponen, los recuerdos cambian de lugar, algunas imágenes se desvanecen mientras otras regresan inesperadamente.

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Recordar también es volver a escribir.

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Tal vez ocurra lo mismo con las ciudades. Las recorremos, dejamos rastros en ellas; pero también sus espacios, sus imágenes y sus historias van construyendo una geografía que llevamos con nosotros.

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El cuerpo tampoco permanece ajeno a ese proceso. Guarda sus propias inscripciones: las elegidas y las involuntarias, las visibles y aquellas que solo persisten en la memoria.

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Cuerpo, ciudad y pintura se revelan entonces como territorios atravesados por el tiempo.

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Quizás por eso estas obras parecen preguntarnos dónde termina aquello que habitamos y dónde comienza aquello que nos habita.

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